viernes, 22 de octubre de 2010

¿QUÉ ES ESO, LA IZQUIERDA MODERNA?


Francisco Tudela

Impartida la consigna de promocionar a la “izquierda moderna”, los neomarxistas la ejecutan sin dudas ni murmuraciones. No cabe duda de que la antigua disciplina de origen leninista les da una agilidad de acróbatas, sin remordimientos históricos, para conseguir ventajas tácticas en el terreno de la agitación y la propaganda.

La “izquierda moderna” sería una izquierda que ha renunciado a la lucha de clases mediante la acción armada; que se somete a la voluntad del elector y es democrática; que ya no busca el partido único y la dictadura del proletariado. En pocas palabras, una izquierda que ya no es izquierda, no busca el poder y más parece una filial de las carmelitas descalzas.


Quien dice “izquierda moderna”, la diferencia él mismo de una izquierda anterior; ¿Si no fuera así, entonces para qué ponerle el adjetivo calificativo “moderna”? Si usted dice que esta izquierda es moderna, usted admite necesariamente que la antigua izquierda era necesariamente arcaica. Si hoy los neomarxistas son Cromañón, ayer los marxistas eran necesariamente Neanderthal.

Así, pues, la filosofía, los sentimientos, los odios y amores de los neomarxistas, serían radicalmente otros que aquellos profesados monolíticamente por la hasta ayer vieja izquierda peruana. Lo curioso acaso es que la “izquierda moderna” no abjura públicamente de sus antiguas y fallidas doctrinas; los “neomarxistas” callan enigmáticamente su antigua adhesión a la utopía genocida y totalitaria, y se resisten a “salir del clóset” en asuntos de pensamiento.

Como los gnósticos, los sectarios de la “izquierda moderna” conservarían un esoterismo iniciático, una doctrina secreta verdaderamente profesada, donde se espera el cumplimiento de todas las promesas de Marx y Engels respecto a la revolución pendiente y final, que les traería la segunda venida de Marx, cabalgando en un fantasma que recorre el mundo, para instaurar un reino ecológico sin sexos ni Estado.

Una razón poderosa que descubre el engaño detrás de la consigna de la “izquierda moderna”, es que ésta y la vieja izquierdaestán integradas por las mismas personas. Quienes ayer colaboraron con el Sinamos, aplaudieron a Velasco, buscaron nexos con Guzmán, defendieron al MRTA, aplaudieron el golpe de Yanayev contra Gorbachov, alabaron a Fidel Castro e hicieron y hacen vigilias frente a la embajada de Cuba, son los mismos que hoy dicen ser demócratas, respetuosos de los derechos humanos y participes de la “izquierda moderna”.

San Pablo fue deslumbrado por Cristo en el camino a Damasco y se convirtió de fariseo a cristiano. Pero San Pablo proclamó a los cuatro vientos su conversión y las razones por las cuales abjuraba de su fariseísmo, dejando testimonio escrito de ello. Sin embargo, la “izquierda moderna” no abjura de su fariseísmo –el marxismo–, y no deslinda con su pasado antidemocrático, violento y criminal.

Antonio Gramsci, el mítico comunista italiano, decía que Marx era Cristo, pero que Lenin era tan sólo uno de los evangelistas marxistas. Gramsci dejaba así abierta la puerta para otras praxis revolucionarias, pero no abdicaba de Marx y del corazón de su doctrina: la eliminación de la familia y de la propiedad, como único medio de abolir las clases sociales y el Estado.

El interés desmesurado de la “izquierda moderna” por los asuntos de género y de propiedad, los descubre como seguidores del evangelio según Gramsci; cambian de táctica revolucionaria, utilizando ahora a la democracia representativa, pero manteniendo los objetivos últimos del marxismo. Marx ridiculizó a la democracia burguesa, a los “derechos humanos”, a la propiedad privada y a la familia, como artimañas de la burguesía para oprimir al proletariado y como simple “superestructura” de las condiciones económicas capitalistas. Quien defiende a Marx cree en esto.

Fue por creer en esta filosofía que los seguidores de Marx mataron a tanta gente y establecieron dictaduras tan atroces. No mataban personas, sino superestructura. Sus enemigos no eran gente, sino “enemigos de clase”. Esas dictaduras atroces y genocidas devinieron en tiranías oligárquicas marxistas, casi todas derrocadas por las naciones que oprimían.

La visión marxista, tan errada, envidiosa, cruel e inútil, fracasó estrepitosamente en el siglo XX. Lo que resulta asombroso de la secta neomarxista del siglo XXI es su cinismo filosófico, su amnesia histórica, su hipocresía y su infinita capacidad para engañar a una burguesía industriosa, que parece no tener tiempo para pensar las cosas.